¿Por qué es bueno ir al psicólogo?

“Mediante la palabra, la creación, el ser humano llega a superar el sentimiento de impotencia; ese ser está consagrado al sufrimiento por la disparidad entre sus deseos, que son inconmensurables y la imposibilidad de satisfacerlos. Hay, pues, un sufrimiento fundamental y necesario, que no llegaremos a evitar jamás. Todo cuanto nosotros, psicoanalistas y psicoterapeutas podemos lograr es evitar al prójimo sentimientos inútiles. Nosotros, que somos testigos privilegiados de tanta infelicidad, podemos, si no nos quedamos en nuestra torre de marfil, ayudar por medio de la palabra, de la simbolización, de la creación, a que la disparidad entre el deseo y la realidad sea menos dolorosa. “

Françoise Dolto

En La dificultad de vivir, la psicoanalista Françoise Dolto expone capítulo a capítulo todas las cuestiones que afectan a la vida de las personas en comunidad y en el contexto de la familia: los avatares del niño desde el nacimiento hasta la edad adulta, las críticas a la pedagogía contemporánea, y el cuadro de vida en las grandes ciudades. La finalidad del ensayo sería un intento de prevenir las neurosis. Pero probablemente el lector que llega a este libro (o a este artículo) ya padece (o ha padecido) una neurosis (podríamos decir, como muchos terapeutas apuntan, que todos somos al menos algo neuróticos.)

Entonces, ¿en qué puede ayudarnos ir a un psicólogo?

Muchos se oponen a ir a un terapeuta ante la creencia que aun se mantiene de que eso es ir a un “loquero”, de que serán etiquetados de “anormales”. Otros se resisten a “ventilar” más allá de las cuatro paredes de su casa los problemas que puedan afectar a su familia o a cualquiera de sus componentes y prefieren hacer “como si” en su hogar reinara la armonía y no la infelicidad.

Pero ¿durante cuánto tiempo puede continuar una situación penosa que los componentes de esa familia arrastran más allá de sus casas, cada vez que se enfrentan a la vida en comunidad, a la interrelación con sus iguales, en la escuela, en el trabajo?

El aislamiento impide el desarrollo de emociones auténticas, necesitamos que otro ser esté en resonancia con nosotros para poder realmente experimentar nuestras emociones. “El lenguaje es la forma simbólica del entrecruzamiento entre las sensaciones y las emociones en un encuentro interhumano.” (Dolto, 1996). Y cuando esta manera de vincularse los miembros de una familia, o de una pareja, no existe o existe pero de una manera desfigurada, se necesita la presencia de un tercero que escuche. Lo que el terapeuta ofrece es una escucha libre de prejuicios, libre de juicios a priori, ya se trate de un psicoanalista o de un terapeuta gestáltico o de casi cualquier otra escuela.

Quizás la ventaja del psicoanálisis o de la terapia Gestalt frente a otras escuelas, es que el terapeuta ha tenido que pasar antes por un proceso terapéutico en su propia persona, de manera que “nada de lo humano le es ajeno.” Frente a la medicación psiquiátrica, o la terapia cognitivo-conductual, se puede decir que ésta cura los síntomas pero que no ofrece resonancia a las cuestiones afectivas que el cliente desea comunicar. Porque lo que todos deseamos es comunicarnos emocionalmente y recibir un feedback que eche luz sobre lo que percibimos como una amenaza que surge de nuestro interior, muchas veces de nuestro inconciente, de esa parte de nosotros que desconocemos, que no nos resulta “obvia”. Como señala Gilles Lipovetsky en La era del vacío, vivimos en un mundo individualista, marcado por el narcisismo y la seducción que nos lleva al agotamiento y al vacío existencial. Porque “cada persona no es solo un objeto en el mundo de los otros, sino que es también una posición en el espacio y en el tiempo a partir de los cuales tiene experiencias, forma parte y actúa en el mundo” (Laing, 1980), y es sobre esas experiencias que se hace necesario actuar para descifrarlas o bien para modificarlas.

Como dice Freud en El porvenir de una ilusión, “Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común.” Solo este hecho hace ya posible comprender el peso que todos llevamos sobre nuestras espaldas, y nos hace concientes de la necesidad que experimentamos de buscar un espacio en el que descargarnos del mismo.

El espacio terapéutico es un marco con sus propias reglas en la que juntos, un profesional y un paciente, se reúnen con el fin de aliviar al paciente. No de darle consejos, haz esto, haz lo otro. Ni el psicoanalista ni el terapeuta gestáltico van a darte fórmulas para solucionar tus problemas, pero sí van a estar atentos a lo que manifiestas desde la palabra y desde tu cuerpo, no verbalmente, para que tú misma aprendas a observarte y a sacar tus propias conclusiones. En terapia gestalt a esto se lo llama “el darse cuenta”. En psicoanálisis, “insight”.

En terapia Gestalt no tienen lugar las interpretaciones de lo que tú haces o dices en la sesión, mientras que una de las bases del psicoanálisis es la interpretación. Ni una cosa ni la otra son en sí buenas o malas, ninguna de las técnicas son en sí buenas o malas, sino que depende de cómo las lleve a cabo el profesional. La ética del analista, su formación y la química paciente-terapeuta son los que pueden llevar al éxito o no del proceso. Éste puede durar más o menos dependiendo de la predisposición del paciente a “la cura”, de su deseo de colaborar activamente y asumiendo la responsabilidad de sus actos, y de las herramientas, la capacidad de empatía y pericia del profesional. También depende del tipo de problema del paciente, naturalmente. No es lo mismo curar un resfriado que una neumonía, aunque si tienes una neumonía quizás también debas curarte del resfriado.

En cuánto a cómo dar con el terapeuta adecuado, es Alice Miller quien te puede dar la respuesta en su artículo ¿Cómo encontrar el/la terapeuta que me conviene?” (http://www.screamsfromchildhood.com/FAQ-espanol.html).

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